martes, 8 de septiembre de 2026

La constelación del perro

 

El argumento sencillo y enmarcado en el universo distópico. El mundo ha sido arrasado por un virus fatal y los pocos sobrevivientes que subsisten en una civilización en escombros salen adelante con la bendición de Dios. Unos son unos salvajes; otros, sanguinarios; otros más retornan al principio de todo y perpetúan con nostalgia aquellos tiempos de antaño, como el protagonista (Jacob Elordi), un tipo sensible que vuela en su avioneta a la exploración de un mundo si no mejor, sí bueno.

Así la cosas, el Apocalipsis según el director (“Blade Runner”, “Los duelistas”) podría ser un filme con una mixtura de terror, de zombis, un western, un thriller, de pronto una comedia irracional (algunos drag-queen en un bar estadounidense de los años 50) y, una cavilación metafísica sobre el ser humano. En este contexto, en primer lugar, hay que enaltecer el arrojo del octogenario director que sigue en plena forma, ya que la historia sigue en su mayor parte las acciones y pensamiento del protagonista (Jacob Elordi) al evocar siempre a su esposa ya fallecida. Pero también la preciosa banda sonora de la película como los paseos en avioneta de Hig, nos dan información de cómo se siente él: optimista, aventajado, observador, y así seguimos su viaje compartiendo sus emociones.

En ciertos instantes se podría indicar que “La constelación del perro” (título homónimo del libro en el que está basado) extrae poesía y que tanto esa relación de recuerdos como con la entorno o los vestigios de lo que se pudo llamar en el pasado felicidad acomodan un retrato de ese ímpetu interior que quería preservar Hig, el personaje principal.

Y esto no ha tratado de replicarse a través de una voz de off, que podría haber sido un recurso facilón, sino a través de puro lenguaje cinematográfico (y añadiendo más acción y diálogos, claro está). Tanto la preciosa banda sonora de la película como los paseos en avioneta, nos dan información clave de cómo se siente el protagonista: esperanzado y expectante... La verdad es que seguimos su viaje compartiendo sus sensaciones.

viernes, 21 de agosto de 2026

Pressure

 

Un drama enérgico sobre la Segunda Guerra Mundial y un meteorólogo que podría pensarse ganó la guerra. El “meteorólogo”, el capitán James Stagg, fue el notable meteorólogo escocés nombrado Jefe de Meteorología de la Operación Overlord, para reportar al general Dwight D. Eisenhower el día exacto del Día D. Si esto suena a un drama patético, entonces estamos frente al formidable Andrew Scott como Stagg, discutiendo con Eisenhower (interpretado por Brendan Fraser), sobre la lluvia y el mal tiempo para cual no debería ser el día D.

La película de Anthony Maras es, entonces, principalmente un trabajo de cámara, ambientado preferentemente en el cuartel general militar aliado donde se concibió la operación hasta el último minuto, y cuyo drama se desenvuelve en gran medida en tirantes problemas verbales sobre mesas, atlas y tablones de anuncios y aquí está la clave de la resolución del conflicto, por llamarlo de algún modo, pues a la larga no hay antihéroes ni tragedias, ni circunstancias realmente dramáticas. Cada escena se plantea desde necesidades básicas.

Cuando Maras pretende extender su perspectiva con la dramatización de la irrupción real, se evidencia el ensayo de la película de crear una ambiente de tensión. Sería válido, entonces, poder decir que esta unión entre ciencia e historia militar nos da una película con la excusa narrativa para inducir el desarrollo de algunos personajes. Nadie quiere errar, muchos egos entran en juego y el destino del mundo libre pende de un hilo.

Al final nada de comparar el filme con “Rescatar al soldado Ryan”. Y sobre todo me refiero al recrear brillantemente el asalto en la playa de Normandía con gran efectividad.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Tuner

 

Un seductor Dustin Hoffman coprotagoniza este thriller simpático, y sofisticado con una actuación de Leo Woodall (un afinador de pianos con hiperacusia) más que aceptable. Por otra parte, el cineasta Daniel Roher, director del documental ganador del Oscar 'Navalny' (2022), se estrena en la ficción con esta película que se mueve por zonas genéricamente juiciosas y, sobre todo, sonoros (poco usuales en el cine actual). Y son estas dos premisas, en especial la acusmática, uno de sus principales atractivos. Con una narrativa especialmente formal y alejada de clichés actuales, se traduce en una gramática cinematográfica, que suma al esquema de la intriga. Una historia pues sobre música, sobre músicos y sobre la jerarquía del sonido.

Daniel Roher imagina con perfección una dirección y montaje (sinuoso y muy musical) pero, sobre todo, el diseño de sonido (a cargo de Maximilian Behrens, colaborador habitual de Yorgos Lanthimos). Todo esto señalado para reafirmar que el mayor hallazgo del cine hablado fue precisamente el silencio y que ayuda a Roher a crear un relación directa entre lo que cuenta y cómo lo cuenta a través de las escenas. Definitivo, los grandes adelantos expresivos en el cine de los últimos años, tienen más que ver con la capacidad del sonido (elipsis sonoras) para ampliar la imaginación y no solo la imagen al término mismo del umbral de percepción.

Sobre esta base, la película indaga en algunos momentos dramáticos las intenciones del afinador, sobre todo cuando necesita cierto dinero. Esas escenas son de las más logradas (con piano o caja fuerte). En otros momentos, sin embargo, la planificación breve de ciertas secuencias no resulta tan efectiva, pero no importa, todo está servido para un magnífico thriller.

 

sábado, 15 de agosto de 2026

“The Christophers”

 

El excepcional Ian McKellen a pesar de asomarse para el próximo año en una superproducción estelar, cabe enfatizar, que en estos tiempos podrían ser cada vez más exiguas para el actor de 86 años. Espléndidamente, McKellen ha recibido un magnífico papel en la última etapa de su carrera con “The Christophers” de Steven Soderbergh, un rol que le permite brindar una de sus excelentes interpretaciones en años.

Si bien la historia es sencilla: Lori Butler (Michaela Coel), una restauradora de arte con dificultades es abordada por su antigua compañera de universidad, Salli Sklar (Jessica Gunning), y su hermano de Salli, Barnaby (James Corden). Julian Sklar (McKellen), el padre de los hermanos, a medida que se acerca su final, está encaprichado en conseguir una serie de obras inacabadas que guarda en algún lugar de su casa de Londres.

Y es que parte de una serie de pinturas elogiadas y acreditadas como “The Christophers”, Julian se ha negado a dejarlas ver, y mucho menos a pensar en su venta, no obstante de las incontables consultas. Y es aquí de donde parte el interés de una trama que es bien llevada en su puesta en escena, manteniendo un interés en que va acabar todo este asunto de sus cuadros y aquellos que acechan intereses por ella.

En esencia, se trata de una obra calculada en dos interlocutores, ambos una mina de oro para McKellen y la actriz Coel. En este sentido, Soderbergh, un director que sabe trabajar con los actores, les da a McKellen y Coel una tregua muy precisa. No tiene que hacer un gran esfuerzo para acontecimientos, ni contratiempos, ni diligencias extraordinarias, porque no coexisten: todo (y a través del diálogo) es la bitácora de la vida de ambos personajes: las pinturas lo ocupan todo. Inclusive en los instantes en los que sus rutinas se ven jactanciosas por un desvío emocional y el plano que los muestra se realza a través de una mirada buscando el horizonte.

 

viernes, 14 de agosto de 2026

El manuscrito de Dante

 

El director y pintor Julian Schnabel completa su propia adaptación del texto de Nick Tosches a vueltas con el autor de la “Divina Comedia” en un excesivo y fascinante ejercicio de autocomplacencia, aunque debo de confesar que al comienzo no entendí nada. Yo me entiendo. Uno termina de ver las dos horas y media largas de “In the Hand of Dante” (algo así como “De puño y letra de Dante”).

Sin embargo, sucede que el esforzado cuidado de la imagen y el relato del presente es recíprocamente proporcional al del flash back: Julian Schnabel lo esgrime como un instrumento enfático, como un medio a través del que acrecentar por la vía de algunas escenas frías y “oníricas” de la “Divina Comedia (escenas a color) sin acentuar cierta tirantez de la atmósfera de la cinta.

Ese carácter rasgado de la película se hace manifiesto no solo en las marcadas disconformidades que hay entre el trabajo visual (en blanco y negro) e (insisto) escasa sonoridad, sino a la par en su atajo narrativo con el flash back. Asimismo de prestar atención e indagar en un modo de trabajar y de vivir, el cineasta quiere erigir a través del mafioso Nick (Gerard Butler) un thriller oscuro que se vaya abstrayendo a medida que Nick vaya adentrándose en sus entresijos.

Se diría que Julian Schnabel ensaya la adaptación de la novela de Nick Tosches que desde 2011 lleva dando vueltas. La perseverancia de seguir la pista del sentido insondable de la creación fuera del tiempo (como ya lo hiciera en “Van Gogh, a las puertas de la eternidad”) mediante una intriga alrededor del poeta florentino. Así de cruel.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Young Washington

 

La nueva película sobre George Washington — estrenada el 250 aniversario de los Estados Unidos, retrata las aventuras militares del primer presidente norteamericano cuando apenas tenía poco más de 20 años durante la Guerra Franco-India. De manera que “Young Washington” ofrece un filme de origen histórica.

Tras una de las primeras escenas en la que vemos a George Washington, un niño de 12 años (Will Joseph), abandonado por la muerte de su padre y consolado por su madre decidida Mary (Mary-Louise Parker) y su medio hermano Lawrence (John Foss), el resto de la trama ocurre en 1855. A partir de esta fecha, la cinta nos muestra como inicia su carrera militar y como aprende sus lecciones y revela su destreza, aunque se topa con el modernismo de oficiales británicos de semblante fruncido, como el gobernador colonial Robert Dinwiddie, interpretado con un atisbo taimado y escrupuloso por Ben Kingsley.

Una primera conclusión es que el guion coescrito por Jon Erwin (House of David, American Underdog), Tom Provost y Diederik Hoogstraten presenta un tipo de coloquio pomposo que parece más adecuado para el teatro. Creería que muy poco llegamos a captar ciertamente los pensamientos de Washington (aunque el actor Franklyn-Miller, tampoco no ayuda para nada).

Sin embargo, el laborioso cuidado de la imagen es válido de rescatar. El director del filme apenas lo utiliza como un instrumento enfático, como un medio a través del que incrementar la tensión de la atmósfera de la cinta en sus momentos oportunos. Sin contrapuesta bifurcación narrativa, además de observar e indagar en un modo de trabajar, el director del filme quiere erigir la concreción de la cotidianidad del protagonista y los acontecimientos que la rodean.



El mago del Kremlin (cerca del poder)

 

Una obra imponente de Assayas (“Viaje a Sils María”)Viaje a Sils Maria Viaje a Sils MariaChambre 999Chambre 999Viaje a Sils Mariay Carrère (“En un muelle de Normandía”), donde el cineasta francés estudia los últimos 35 años en los altos círculos políticos y de poder económico en Rusia, donde gobierna Putin y el miedo, pero “habla” de geopolítica a partir de interlocutores reales y ficticios.

En ‘El mago del Kremlin’ Vladimir Putin (Jude Law) y Vadim Baranov son una completa invención. Y este último se le contempla como el nuevo monje maldito Rasputín, ya que es esencial para Putin, el nuevo “zar”. A Baranov (soberbio Paul Dano) se le delega (que no forzado) idear una nueva realidad y lo que traza es la supuesta democracia. Así que Dano es el pilar esencial de la película, si bien su figura resulta ser algo misterioso y poco simpático.

Dicho personaje entra en escena cuando un profesor estadounidense (Jeffrey Wright) es citado a su enorme mansión a las afueras de Moscú para dialogar sobre el asunto a convenir. En algunas frases amables que escuchamos, una sobre el prosista preferido de Baranov, Yevgeny Zamyatin, cuya novela distópica de 1921, “Nosotros”, inspiró la afamada novela “1984” de Orwell. Después, Vlad se se dispone a contar su historia, que se extiende durante las siguientes dos horas y media.

Visto así el asunto y en extensos flash back, el director emplea un estilo fluido y sencillo, saltando entre oficinas, hoteles, mansiones, bosques y calles de Moscú, Londres y otras capitales, repasando, además, la historia rusa de las últimas décadas (Chechenia, la tragedia del submarino Kursk, la guerra a los oligarcas, las Pussy Riot, Limonov, Crimea, la plaza de Maidán) para unas imágenes que marcan lo colectivo y lo íntimo como un documento pertinente y resplandeciente. Es pertinente decir que la película de Assayas avanza con rapidez (desde la caída de la URSS a finales de los años 80 hasta la invasión de Crimea en 2014). Una película buena si bien de excesivo metraje.

Aunque algo fría en su relato (creería que todo asunto de Moscú debería ser así), insisto, el verdadero protagonista es Rusia y su historia, desde los noventa hasta el inicio de la guerra con Ucrania.

Viaje a Sils Maria