Con todo el respeto que merecen el éxito de
taquilla de “Top Gun: Maverick” o las legendarias acrobacias de las películas
de “Misión Imposible”, un creciente coro de cinéfilos lleva años deseando que
Tom Cruise regrese a los papeles arriesgados en películas de autor que
definieron su época dorada en los 90. Otra “Magnolia” o “Eyes Wide Shut”
parecía improbable durante gran parte de las últimas décadas, pero Cruise
parece estar arriesgándose al máximo con “Digger”.
La estrella de cine se une a
Alejandro Iñárritu para interpretar a un veterano petrolero tejano que podría
ser la única persona capaz de salvar el mundo. Los primeros tráileres la
presentan como una película de autor con producción a gran escala. Y si el
reparto no es suficiente para atraerte al cine, la promesa de nuevas imágenes
del legendario director de fotografía Emmanuel Lubezki debería serlo
El argumento sencillo y enmarcado en el universo distópico. El
mundo ha sido arrasado por un virus fatal y los pocos sobrevivientes que subsisten
en una civilización en escombros salen adelante con la bendición de Dios. Unos son
unos salvajes; otros, sanguinarios; otros más retornan al principio de todo y perpetúan
con nostalgia aquellos tiempos de antaño, como el protagonista (Jacob Elordi),
un tipo sensible que vuela en su avioneta a la exploración de un mundo si no
mejor, sí bueno.
Así la cosas, el Apocalipsis según el director (“Blade Runner”, “Los
duelistas”) podría ser un filme con una mixtura de terror, de zombis, un
western, un thriller, de pronto una comedia irracional (algunos drag-queen en
un bar estadounidense de los años 50) y, una cavilación metafísica sobre el ser
humano. En este contexto,en primer lugar, hay que enaltecer
el arrojo del octogenario director que sigue en plena forma, ya que la historia
sigue en su mayor parte las acciones y pensamiento del protagonista (Jacob
Elordi) al evocar siempre a su esposa ya fallecida. Pero también la preciosa
banda sonora de la película como los paseos en avioneta de Hig, nos dan
información de cómo se siente él: optimista, aventajado, observador, y así seguimos
su viaje compartiendo sus emociones.
En ciertos instantes se podría indicar que “La constelación del
perro” (título homónimo del libro en el que está basado) extrae poesía y que
tanto esa relación de recuerdos como con la entorno o los vestigios de lo que
se pudo llamar en el pasado felicidad acomodan un retrato de ese ímpetu
interior que quería preservar Hig, el personaje principal.
Un
drama enérgico sobre la Segunda Guerra Mundial y un meteorólogo que podría pensarse
ganó la guerra. El “meteorólogo”, el capitán James Stagg, fue el notable
meteorólogo escocés nombrado Jefe de Meteorología de la Operación Overlord,
para reportar al general Dwight D. Eisenhower el día exacto del Día D. Si esto
suena a un drama patético, entonces estamos frente al formidable Andrew Scott
como Stagg, discutiendo con Eisenhower (interpretado por Brendan Fraser), sobre
la lluvia y el mal tiempo para cual no debería ser el día D.
La
película de Anthony Maras es, entonces, principalmente un trabajo de cámara,
ambientado preferentemente en el cuartel general militar aliado donde se concibió
la operación hasta el último minuto, y cuyo drama se desenvuelve en gran medida
en tirantes problemas verbales sobre mesas, atlas y tablones de anuncios y aquí
está la clave de la resolución del conflicto, por llamarlo de algún modo, pues
a la larga no hay antihéroes ni tragedias, ni circunstancias realmente
dramáticas. Cada escena se plantea desde necesidades básicas.
Cuando
Maras pretende extender su perspectiva con la dramatización de la irrupción
real, se evidencia el ensayo de la película de crear una ambiente de tensión.Sería
válido, entonces, poder decir que esta unión entre ciencia e historia militar nos
da una película con la excusa narrativa para inducir el desarrollo de algunos
personajes.Nadie quiere errar, muchos egos entran en juego y el
destino del mundo libre pende de un hilo.
Al
final nada de comparar el filme con “Rescatar al soldado Ryan”. Y sobre todo me
refiero al recrear brillantemente el asalto en la playa de Normandía con gran
efectividad.
Un seductor Dustin Hoffman coprotagoniza este thriller simpático,
y sofisticado con una actuación de Leo Woodall (un afinador de pianos con
hiperacusia) más que aceptable. Por otra parte, el cineasta Daniel Roher,
director del documental ganador del Oscar 'Navalny' (2022), se estrena en la
ficción con esta película que se mueve por zonas genéricamente juiciosas y,
sobre todo, sonoros (poco usuales en el cine actual). Y son estas dos premisas,
en especial la acusmática, uno de sus principales atractivos. Con una narrativa
especialmente formal y alejada de clichés actuales, se traduce en una gramática
cinematográfica, que suma al esquema de la intriga. Una historia pues sobre
música, sobre músicos y sobre la jerarquía del sonido.
Daniel Roher imagina con perfección una dirección y
montaje (sinuoso y muy musical) pero, sobre todo, el diseño de sonido (a cargo
de Maximilian Behrens, colaborador habitual de Yorgos Lanthimos). Todo esto
señalado para reafirmar que el mayor hallazgo del cine hablado fue precisamente
el silencio y que ayuda a Roher a crear un relación directa entre lo que cuenta
y cómo lo cuenta a través de las escenas.Definitivo, los grandes adelantos expresivos en el cine de
los últimos años, tienen más que ver con la capacidad del sonido (elipsis
sonoras) para ampliar la imaginación y no solo la imagen al término mismo del
umbral de percepción.
Sobre esta base, la película indaga en algunos momentos
dramáticos las intenciones del afinador, sobre todo cuando necesita cierto
dinero. Esas escenas son de las más logradas (con piano o caja fuerte). En
otros momentos, sin embargo, la planificación breve de ciertas secuencias no
resulta tan efectiva, pero no importa, todo está servido para un magnífico
thriller.
El
excepcional Ian McKellen a pesar de asomarse para el próximo año en una
superproducción estelar, cabe enfatizar, que en estos tiempos podrían ser cada
vez más exiguas para el actor de 86 años. Espléndidamente, McKellen ha recibido
un magnífico papel en la última etapa de su carrera con “The Christophers” de
Steven Soderbergh, un rol que le permite brindar una de sus excelentes
interpretaciones en años.
Si
bien la historia es sencilla: Lori Butler (Michaela Coel), una restauradora de
arte con dificultades es abordada por su antigua compañera de universidad,
Salli Sklar (Jessica Gunning), y su hermano de Salli, Barnaby (James Corden). Julian
Sklar (McKellen), el padre de los hermanos, a medida que se acerca su final, está
encaprichado en conseguir una serie de obras inacabadas que guarda en algún
lugar de su casa de Londres.
Y
es que parte de una serie de pinturas elogiadas y acreditadas como “The
Christophers”, Julian se ha negado a dejarlas ver, y mucho menos a pensar en su
venta, no obstante de las incontables consultas. Y es aquí de donde parte el
interés de una trama que es bien llevada en su puesta en escena, manteniendo un
interés en que va acabar todo este asunto de sus cuadros y aquellos que acechan
intereses por ella.
En
esencia, se trata de una obra calculada en dos interlocutores, ambos una mina
de oro para McKellen y la actriz Coel. En este sentido, Soderbergh, un director
que sabe trabajar con los actores, les da a McKellen y Coel una tregua muy precisa.No
tiene que hacer un gran esfuerzo para acontecimientos, ni contratiempos, ni diligencias
extraordinarias, porque no coexisten: todo (y a través del diálogo) es la bitácora
de la vida de ambos personajes: las pinturas lo ocupan todo. Inclusive en los instantes
en los que sus rutinas se ven jactanciosas por un desvío emocional y el plano
que los muestra se realza a través de una mirada buscando el horizonte.
El
director y pintor Julian Schnabel completa su propia adaptación del texto de
Nick Tosches a vueltas con el autor de la “Divina Comedia” en un excesivo y
fascinante ejercicio de autocomplacencia, aunque debo de confesar que al
comienzo no entendí nada.Yo me entiendo. Uno termina de ver
las dos horas y media largas de “In the Hand of Dante” (algo así como “De puño
y letra de Dante”).
Sin
embargo, sucede que el esforzado cuidado de la imagen y el relato del presente
es recíprocamente proporcional al del flash back: Julian Schnabel lo esgrime
como un instrumento enfático, como un medio a través del que acrecentar por la
vía de algunas escenas frías y “oníricas” de la “Divina Comedia (escenas a
color) sin acentuar cierta tirantez de la atmósfera de la cinta.
Ese
carácter rasgado de la película se hace manifiesto no solo en las marcadas disconformidades
que hay entre el trabajo visual (en blanco y negro) e (insisto) escasa sonoridad,
sino a la par en su atajo narrativo con el flash back. Asimismo de prestar
atención e indagar en un modo de trabajar y de vivir, el cineasta quiere erigir
a través del mafioso Nick (Gerard Butler) un thriller oscuro que se vaya
abstrayendo a medida que Nick vaya adentrándose en sus entresijos.
Se
diría que Julian Schnabel ensaya la adaptación de la novela de Nick Tosches que
desde 2011 lleva dando vueltas. La perseverancia de seguir la pista del sentido
insondable de la creación fuera del tiempo (como ya lo hiciera en “Van Gogh, a
las puertas de la eternidad”) mediante una intriga alrededor del poeta
florentino. Así de cruel.
La nueva película sobre George Washington — estrenada el 250
aniversario de los Estados Unidos, retrata las aventuras militares del primer
presidente norteamericano cuando apenas tenía poco más de 20 años durante la
Guerra Franco-India. De manera que “Young Washington” ofrece un filme de origen
histórica.
Tras una de las primeras escenas en la que vemos a George
Washington, un niño de 12 años (Will Joseph), abandonado por la muerte de su
padre y consolado por su madre decidida Mary (Mary-Louise Parker) y su medio
hermano Lawrence (John Foss), el resto de la trama ocurre en 1855. A partir de
esta fecha, la cinta nos muestra como inicia su carrera militar y como aprende
sus lecciones y revela su destreza, aunque se topa con el modernismo de
oficiales británicos de semblante fruncido, como el gobernador colonial Robert
Dinwiddie, interpretado con un atisbo taimado y escrupuloso por Ben Kingsley.
Una primera conclusión es queel guion coescrito por Jon Erwin (House of David,
American Underdog), Tom Provost y Diederik Hoogstraten presenta un tipo de coloquio
pomposo que parece más adecuado para el teatro. Creería que muy poco llegamos a
captar ciertamente los pensamientos de Washington (aunque el actor
Franklyn-Miller, tampoco no ayuda para nada).
Sin embargo, el laborioso cuidado de la imagen es válido
de rescatar. El director del filme apenas lo utiliza como un instrumento
enfático, como un medio a través del que incrementar la tensión de la atmósfera
de la cinta en sus momentos oportunos. Sin contrapuesta bifurcación narrativa, además
de observar e indagar en un modo de trabajar, el director del filme quiere erigir
la concreción de la cotidianidad del protagonista y los acontecimientos que la
rodean.