No hay que ir muy lejos para que ‘The Testament of Ann
Lee’ a todas esas ideas en las que se reflejan las grandes luchas ideológicas
del presente (el filme además se basa en hechos reales). Además no sé por qué,
la cinta me recordó aquella película de Ken Russell “Los demonios”,
un controvertido, turbador y
polémico film sobre un clérigo, en la Francia del XVII, acusado de herejía.
Pero más que eso, creería que la caracterización de Vanessa Redgrave, en consonancia
con la de la actriz protagonista de “El testimonio de Ann Lee”, Amanda Seyfried
en el roll precisamente de Ann Lee. Un trabajo digno de un “Oscar”.
Pero concretando otros asuntos del filme, plantearía dos,
Por un lado, la cineasta noruega Mona Fastvold, coguionista de ‘The
Brutalist’, nos muestra un musical que retrata el propósito teológico del
Movimiento Shaker (“Los temblorosos”), que en el siglo XVIII alabó la llegada
de una nueva emisaria de Dios: una mujer llamada Ann Lee. En este sentido
(filme en clave de musical), nos brinda un montaje que llevado de la mano de su
relato, plantea un manejo del tiempo y estética igual que película: lo dramático sin ostentar ningún tipo de herida
estructural.
Esto podría llevarla a ser una obra bien interesante. Además, los desiguales números musicales (juzgamos) repiten un
mismo esquema y no solo en lo rítmico —con la excepción de una notable canción
intimista que Seyfried desentraña de esa especie de soledad que abriga el
personaje de Ann en algún momento—, lo que incita una cierta sensación de redundancia
(y válida) en su camino a seguir. No está demás destacar el crédito en la música
al británico Daniel Blumberg con un enfoque experimental y emocional,
amplificando la narrativa visual. En palabras del compositor Blumberg, “la
música debía ´imitar el sonido de la construcción´, una metáfora del
renacimiento”.
En lo ideológico del discurso fílmico, sin embargo, la película es más compleja y difícil, aunque
no observamos una crítica a la fe, ni a la conducta de Ann. Al contrario, podemos
devenir la idea de que es una heroína, y sin exagerar una la mártir de una
sociedad que hostiga al que es o quiere ser contrario a ciertos cánones o
conductas. En contexto, esa comunidad creada por Ann, era una comuna donde se
vivía bien, y donde todo el mundo es autónomo de afiliarse o irse, y donde todo
es el amor. En lo cinematográfico la cámara nunca pierde de vista a la intérprete
principal, ni se detiene a observar el espacio que Ann acaba de decidir cruzar,
y, nada de movimientos determinados por cierta perplejidad. Tampoco es de
observar excesivos emplazamientos de cámara para escudriñar un espacio, y algo
muy importante, para concebir el peso de algún elemento dentro del encuadre y
para comparar la propia realidad que se filma. Ya lo dijo Bergman: “la cámara
es el corazón del cineasta”.





