David Ayer elabora alrededor del actor Brad Pitt una
cinta de aventuras, un perro y ese concepto de supervivencia tan íntimo como
ligero. Sobre
esta adorable sospecha, David Ayer, ex-soldado y director de cine nos deja un
buen sabor sobre una idea central, aunque sin exageración alguna. El héroe de “En
el corazón de la bestia” se halla en lo profundo de los bosques de Alaska.
Por un infarto inoportuno —mientras pilotaba su avioneta—,
el oficial de las fuerzas especiales James Belmont se ve rodeado de osos,
alces, lobos, salmones, caudalosos ríos y árboles. Eso sí, no está solo, su
perro de combate Odín le acompaña. Las películas con perro incluido constituyen casi un
género en sí mismas. Persistentemente tropiezan con un hueco en la taquilla,
debido a la gran aceptación del público. Es pertinente aclarar que hay en esta
aventura ecos del ecologismo asociado de “Las aventuras de Jeremiah Johnson” entre
otros muchos filmes.
Además, no hace falta remontarse a Rin Tin Tin, la perra
Lassie (que fue una serie de televisión muy exitosa) o Benji, de cuyos animales
basta una mirada noble para desajustar al más impúdico de los espectadores. Odín en la ficción, le
quita más de una secuencia al actor, en la que el público presente estará más
pendiente del futuro del perro. Magnífico trabajo de adiestramiento y dirección
para atraer miradas e instantes sorprendentes a lo largo de la película.
En este sentido la película descarga la relación tan de
cariño, nobleza e inclusive identificación que se puede llegar a forjar entre
una persona y su ferviente canino. Asimismo, es una película que aprovecha la
idea de reivindicar el valor de los perros que ayudan a salvar vidas. Con pocos elementos
narrativos y mucha imaginería autóctona, el cineasta construye sin parábolas
esa “amistad” que observamos en la pantalla. Un sentimiento que se filtra a
través de la lente de su cámara.






















