La colombiana Natalia Reyes como Adelaida y
Edgar Ramírez protagonizan una historia tensa y aleccionadora sobre la
resistencia al colapso social, ambientada en el argumento de las asonadas de
Caracas de 2017, y señalando a su vez que es un filme de Mariana Rondón, Marité
Ugás basado en el libro “La hija de la española” de Karina Sainz Borgo.
Pero, en lo más recóndito de las tensas escenas
observadas y la trama por momentos trepidante, subyace un dolor más tenue y lastimosamente
contiguo: el de un país que se torna tan hostil con sus habitantes que fugarse
se tercia en la única iniciativa. En este sentido y los protagonistas, las
directoras resuelven poner en escena el mundo “real” en el que sucede la acción
de la cinta, sin que ello suponga insuflar las imágenes con un aliento humano
del que desea huir.
Esta buena película venezolana no es otra cosa
que una obra que refiere la realidad verdadera, si bien es el resultado de la
adaptación de una novela. A la larga, su propia existencia como aproximación de
conveniencias es su razón de ser; la materia prima que la componen son
arquetipos despojados, nada impasibles, siluetas cuyo inquebrantable movimiento
presume asimismo un invariable arrinconamiento de cualquier cuestión humana.
De pronto, sin esa cierta “radicalidad de la
propuesta” es incuestionable: poner en escena un acontecer político y personal
de algunos interlocutores. Y es en esa dimensión de la película, sin invariables
rupturas y cambios juiciosos (que pudieron haberse presentado) demuestran los
esfuerzos que las directoras llevan a cabo como instrumentos de escrutinio y
conocimiento solo de la realidad y de la vida. Una escritura fílmica sencilla;
es decir, una caligrafía transitoria, con un poco de ideas y emociones, sin más
intención que el de existir para que “el espacio que ocupa”, no invada ese mundo
al borde del colapso descrito en los primeros fotogramas de la película






