Si bien en la escena inicial, el padre de Kafka-niño lo abandona
toda la noche fuera de casa por haber hecho ruido, las sombras de la calle y los
perfiles de los pocos transeúntes que deambulan por la calle se reconcilian a los
ojos del niño en monstruosidades tanto más espeluznantes cuanto más indeterminadas
y hasta punzantes.
Nuestro personaje creció en una familia judía alemana millonaria
en Praga. Tuvo una correspondencia vacilante con su papá, dictador e impetuoso.
Se llevó mejor con su mamá y sus hermanas. Trabajó en el departamento legal de
una compañía de seguros. Se comprometió, pero rasgó su compromiso y jamás se
casó. Contrajo tuberculosis y falleció a los 40 años.
Así que con una serie de personajes mirando a la cámara (a
nosotros) y dando sus opiniones sobre Kafka, este filme de Agnieszka Holland establece su biopic
alrededor de una violencia agonizante y taciturna con la que Kafka cohabitó y
de cuyo brío, la película promete una teoría casi simplista. Y es que “Franz” (creería)
es un ensayo de concebir la obra del escritor utilizando su propia vida como
material interpretativo.
Por otro lado, la cineasta Holland hace una lectura
psicológica de Kafka y toma como punto de partida que sus libros son inflexiones
de la misma enunciación de su estado de conciencia. Para logarlo, Holland
utiliza con acierto una lente gran angular —a lo Gregg Toland— que le tolera “comprimir”
los espacios interiores y hasta alterar los rostros de los personajes cuando
los filma en primer plano. Algo para nada novedoso y que en “Citizen Kane”, se
puede recapitular.
Y teniendo siempre presente la Praga de Kafka, Bien es veraz
que la parte fríamente histórica se sospecha apuradamente larga y rigorosamente
solemne. De hecho, no es tanto severidad como incomodidad. Es decir, la
directora, que no vacila en revelar su sorpresa ciega por el autor checo, e insiste
en contarlo todo.






