El filme argentino tiene por personaje central a un niño,
que busca hacer frente a su inapelable destino de zapateador de malambo. En
este sentido, no es necesario añadir más, si entendemos el log line. Y en ese
primer momento en Buenos aires, Milo puede presentarse a una audición para una
obra de teatro que, radica en conseguir que en un tiempo récord una criatura deje de llorar, como a la vez también baila con una máscara de luchador
mexicano y conoce a interlocutores extraños, algunos en la pensión en la que
duerme la primera noche.
De manera que si bien en “El tren fluvial” esa relación,
ese diálogo, es evidente frente a cortejar ese destino, lo cierto es que posee algunos rasgos propios. Y es que en este filme argentino existe esa mirada ingenua que
nos puede llevar a otras referencias de los cineastas argentinos (“Crónica de un
niño solo”, Leonardo Favio, 1965), pero a su vez, también encontramos una
paleta de colores y cierta cualidad pictórica en el encuadre de sujetos y
situaciones, algunas no tan extrañas.
Se ha dicho muchas veces que el cine, es una ramificación de la fotografía, y también aturde con lo expuesto en el tiempo. Y con su juego de elipsis y transiciones, trasladando personajes (sobre todo el del niño) de inmediato entre escenas o contextos, y por expresarlo más generosamente, con una soltura posible en la realidad. Los chicos cineastas son muy conscientes de estas reflexiones por lo demás obvias para cualquier iniciado en el séptimo arte, logrando así una película sencilla sin pretensiones de ninguna naturaleza.
Así que los cineastas Lorenzo Ferro y Lucas A. Vignale presentaron esta no tan frágil historia (por aquello de si los sueños se cumplen o no) en algunos festivales de cine latinos (Argentina, Uruguay, etc.) con relativo éxito y aceptación por el público.






