Una persona medianamente culta habrá escuchado la canción
“Blue Moon” (de sus múltiples versiones). Y antes de analizar este reciente
filme de Richard Linklater, bien valdría la pena de prologar este escrito con
la canción cuyo título da origen esta cinta. Resulta curiosa la historia de «Prayer», conocida
posteriormente como «Blue Moon», una canción compuesta por Rodgers y Hart en
1934 como parte del guion de la superproducción: “Una fiesta en Hollywood”
(dirigida por ocho cineastas), en la que se dieron cita grandes estrellas de
los estudios Metro-Goldwyn-Mayer de la época como Jimmy Durante o Lupe Vélez. Según
cuenta Richard Rodgers, «Prayer» fue compuesta para que la cantara Jean Harlow,
pero esa escena nunca se rodó y la canción fue concluyentemente desechada de la
banda sonora de “Hollywood Party”.
La película que es contada a través de un flash back, Linklater
y Robert Kaplow —guionista de la cinta— delinean sobre la pantalla una exquisita
ecuación cuya enigma a descifrar no es otra que el peso que tiene “la palabra”.
Unos diálogos tan extenso, que no oscurecen la brillante actuación y proxémica de
Ethan Hawke. A medida que el metraje de “Blue Moon” se va convirtiendo metafóricamente
hablando en vestigio y humarada, de ensueños rasgados y emociones vagas. ¡Nada de lo humano me es ajeno!
Lorenz Hart (Hawke), el protagonista (compositor magnánimo,
rebelde, jovial y afligido), es un conocido letrista que ha firmado sonadas
canciones para musicales de Hollywood y Broadway, pero una noche, es aquella en
la que se sitúa la acción de la cinta, es la noche en la que el director
Linklater va a aprehender con su cámara (sorteando las elipsis), la acompasada
descomposición de una ilusión deshabitada, cuando se estrena la primera obra
que Richard Rogers (su habitual compañero de composiciones), pero escrita en
compañía de otro artista. ¿Inicio del fin de la carrera de Hart? ¿Un silencio y
abandono que el tiempo descubrirá perecedero?
Creador de canciones que han pasado a la historia del
pentagrama musical norteamericano, como “The Lady Is a Tramp” (me encanta la
versión de Sinatra), “Manhattan”, “Bewitched” y la emblemática “My Funny
Valentine”, Lorenz Hart se debate asimismo entre su posición de homosexual y la
percusión que él mismo concibe a veces de ese semblante de su vida, algo que se
purifica en varias de las conversaciones con la elegante clientela del bar y
los invitados a la fiesta. ¡Ah! Así como la persuasión por la joven a la que
interpreta Margaret Qualley. Toda la película
puede concebirse como “diálogos con un detalle muy, muy pequeño", pero cardinal:
el significado de la imagen. Eso que decía
Barthes sobre la fotografía, el “punctum” (un elemento subjetivo que provoca
una respuesta emocional intensa).
