Chloé Zhao acomoda de la mano del irrefutable trabajo de
Jessie Buckley en el rol de Agnes, una obra maestra sin ir más lejos.
Esta historia comienza con una joven Agnes que no es la típica
joven que vive en la Inglaterra de 1580. Cuando William Shakespeare (Paul
Mescal), el tutor de latín, presencia las pericias de su arte en los bosques
cercanos, queda enamorado al instante, si bien es cierto que había escuchado
cosas poco atractivas sobre esta belleza (de cabello castaño) en el pueblo
cercano, Agnes es muy consecuente sobre su popularidad de “bruja de los bosques”.
De todos modos, Shakespeare le daría tres hijos.
Interpretados por Paul Mescal y Jessie Buckley (con
nominaciones al Oscar), William y Agnes son dos jóvenes que viven en una viña
muy cercana al bosque, junto a lo que queda de sus estirpes, quienes en un
principio se muestran renuentes a su unión, hasta que evidencian que no hay opción.
Respecto al bosque como escenas exteriores, son significativas en la medida en
que trata sobre el entorno en que se mueve Agnes y las demás personas a su
alrededor, y muy importante, lo que conviene a ese fraccionamiento entre sus
vidas compartidas y otras circunstancias.
Por otro lado, al advertir que William Shakespeare y Agnes
son seres solitarios de alguna manera y que veneran sus propias existencias. No
es difícil hacer una interpretación de la técnica de la narración del filme. Aunque
entendemos que acontecen los años entre uno y otro plano, todo lo intuimos a
manera de suposiciones, gracias a las elipsis, pero como si fueran parte de una
gran y única secuencia. Aunque en los dos primeros tercios del desarrollo de la
trama observada por el habitante de la sala de cine, ofrece la impresión de que
estamos presenciando una serie de “esquemas” ligados a las representaciones y símbolos
con poco desarrollo autónomo —y es lo que la hace una obra maestra—, apoyándose
unos a otros para narrarnos lo que verdaderamente está ocurriendo: “aunque el
mundo no se detiene”, según lo expresa el propio Shakespeare, escrutamos casi un
imperceptible cuadro de seres humanos cercados por imprevisibilidad. Tan cierto
que, y, sin metáfora alguna hablando, no dejamos de preguntarnos: ¿cuántas
veces en nuestras vidas ha sido así?
Creería que la primera singularidad del filme —y es lo que
la hace una obra maestra— es que todo aquello que “aprisiona” a los interlocutores
principales observados: filosóficamente no los deja “peregrinar” en ese nivel superior
de conciencia y, al revés. En tal sentido, recordemos la escena de la “muerte” de
la hija de ambos, estremecedoramente bella.
Pero para una imagen final: es Agnes la que surge a sí
misma de entre sus congojas (y de las que no) en ese cautiverio de “ser o no
ser, esa es la cuestión”. Sin embargo y evitando el spoiler, en el tercio final
del filme, donde la obra de teatro en su proscenio deja por momento (a los que
la observan), incluso a Agnes: aquellos “imaginarios” de reflexión y análisis.
