La primera razón por la que decido ver una película es
por el crédito del director. En este contexto, al ver que Darren Aronofsky,
siempre he considerado que es uno de los grandes directores del cine
norteamericano. Desde su película “Requiem for a Dream”, he procurado seguir su
carrera. Y la que hoy nos ocupa, “Atrapado robando”, es otra excelente propuesta
de su forma de relatar historias en el cine.
Si bien un poquito confusa en los primeros minutos de
proyección, no hay que esperar mucho para entender de qué va esta historia, que
toma como punto de partida los años noventa y está basada en la novela homónima
de Charlie Huston del mismo nombre, quien también escribe el guion. De toda la textura de la película, que se filmó en y
alrededor de una ciudad como Nueva York y acomodada con carácter vibrante a las
descripciones establecidas en la historia de 1998 (vestuario, locaciones y
música compuesta por Rob Simonsen), la manera en que se utilizan los ritmos significativos
y los puntos altos de la trama se concibe con una excelente sintonía, y creería
que la sentimos como “After Hours” en su claridad tonal, aunque menos cadáveres,
por supuesto.
Austin Butler (Hank Thompson) no solo interpreta a un perdedor, sino que, aparte de ser un cantinero de Nueva York que ve los juegos de los Giants, es el eje sobre el cual se generan los cambios dramáticos. Este personaje, pues, vive en un edificio sin ascensor en el Lower East Side, donde es amable con sus vecinos e inclusive admite cuidar a Russ (Matt Smith), el punk inglés traficante de drogas, que nunca se desprende de nuestra mente, pues de él parte básicamente la intriga de por qué le sucede lo que le sucede a Hank. Pero el resto de personajes a su alrededor confiere a la historia el “olor” neoyorquino a lo Scorsese: uno es la novia de Hank, una paramédica Yvonne (Zoë Kravitz), una detective de policía (Regina King), su jefe motociclista Paul (Griffin Dunne), un par de mafiosos rusos, dos hermanos ortodoxos enormemente impetuosos (Liev Schreiber y Vincent D'Onofrio) y un gánster puertorriqueño (Bad Bunny).
Una sensación que nos brinda esta película es que, dada
la construcción de los personajes, el director no decide nada por ellos y, sin
poder influir en la acción, son los interlocutores quienes llegan a nuestra
retina con una provisión de detalles estimulándola, subyugándola, e inquietándola.
No hay salida y, aun así, en un caso ideal, no pareciese que nosotros como
espectadores quisiéramos escapar de todo esto que sentimos. Y sin el afán y a
través de largos “set pieces” para una elaborada puesta en escena —donde la
cinética se lleva al extremo—, retardando el tiempo del relato para que sus
personajes se angustien, sin que se juzgue llegar al anhelado final que solucione
no ya el conflicto de cada acto, sino que dé pausa al que mira y se angustia de
las asperezas que se ejercen.