viernes, 3 de abril de 2026

Rental family

 

La película cuenta el episodio de un actor estadounidense en Japón. Nuestro héroe (Brendan Fraser) malviviendo entre anuncios, pruebas de casting fallidas y mucha utopía. Y así hasta un día da con una agencia dedicada a “simular la misma vida”. La empresa repleta de esos fatuos momentos (o los de verdad, vaya usted a saber) por aquello de los aspectos sociales. Todo se trata pues de transferir el límite de la máscara y reconciliar en simulación real lo que muchas veces no es más que un contexto ilusorio. La tonalidad da la clave al filme y, de paso, el brillo del planteamiento.

De todas formas, al salir de la sala de cine de cine, la pregunta por el sentido de la vida, es la clave. Dicha pregunta suele ser preciada como la más profunda de la filosofía, frívola o académica. Inclusive llegamos a definir al hombre como «el ser capaz de interrogar por el sentido del ser», de su existencia, de su vida. Entonces, «¿cuál es el sentido de la vida?» No faltan objeciones: religiosas, decentes, políticas: «la vida es la ejecución de una comedia, o de una tragedia, escrita por un idiota». Pero nunca faltan quienes no hallan agradables tales objeciones y llegan a titubear de la firmeza de las preguntas: «¿quizá tiene la vida sentido?» «¿no es la vida un sin sentido, incluso una equivocación, puesto que finaliza ineludiblemente con la muerte?»  

Existiríamos ante una estructura dialéctica, ya que partiendo de un nivel fenomenológico, todo podría debatirse y hasta solucionarse. Entonces a través de dos estratos (ser lo que no somos o viceversa) que se nos revelan en un vínculo sui generis, nos conduce a un tipo de unidad esencial que compromete la separación fenoménica, que, sin embargo, sigue siendo ineludible para que se mantenga esa «conexión de sentido».

De este modo, puede decirse que la idea de sentido, sin embargo, ha de terminar siendo rectificada en el plano esencial, pero de tal suerte que la enmienda, en la que predomina la idea, nos remita de nuevo a la distinción fenomenológica: no vale a la larga que llevemos rostros icásticas por la vida.