Entre el realismo y la ciencia ficción, suele haber propuestas
estéticas, arduas de equilibrar en el cine. Varios son directores brasileños
han intentado este cruce con resultados turbadores e incautos. El que se suma
ahora a ese grupo es André Novais Oliveira, cineasta mineiro de excelentes
películas. En Se eu fosse vivo… vivia, el cineasta fiel a ese minimalismo de
pueblo chico que lo caracteriza al contar unos días en la vida de Gilberto y
Jacira, una pareja de septuagenarios que llevan 50 años juntos.
La única peculiaridad distintiva de la pareja es la obcecación
por los UFOs y extraterrestres de Gilberto, costumbre que su esposa no consigue
concebir. A él, en cambio, le cuesta admitir que su esposa Jacira no quiera ir
a ver a un médico cuando se siente mal —expresando todo el tiempo que no tiene
nada—. Y nadie –ni la hija adulta de la pareja– cree ser idóneo de convencerla.
Una neurosis pues que el realizador trabaja en su película
mediante visiones inquietas y desasosegantes secuencias, de pronto, alucinadas.
Estas escenas suelen irradiar la paranoia aunque no los recelos de sus
personajes. Así sucede en esta bella historia de amor. Y para Gilberto —extraordinariamente
interpretado— comienza a sobrellevar sus sueños inquietantes.
El centelleo de este filme se transporta por las paredes
de un pueblo como si un alma viviera sin minar los espacios que habitaron en
vida esta bella pareja de enamorados. Mejor aún, como si no ambicionaran renunciar
todavía el mundo que conocen y como si la muerte, en fin, nos perpetuara que asimismo
es motivación de luminosidad.
En esta aceptable propuesta cinematográfica, el “más allá”
entiende un signo del tiempo que se resiste a esfumarse, un espectro juguetón
que tal vez quiere despedirse. ¿Será por esto que la película insiste en
tomarse su tiempo? Todo acontece como el carruaje bello para delinear un camino
que va de lo tangible a lo espiritual escudriñando una quebradiza medida más
atenta a la sutileza que al énfasis narrativo.
