viernes, 18 de abril de 2014

LAS MUERTES DE GABO (1927-2014)


Si algo —de las muchas cosas— que quedó sosegado en mi mente sobre el pensamiento del escritor colombiano Gabriel García Márquez, fue el día que escuché con su gracejo particular, que uno de sus libros —y autores— favoritos era Mientras agonizo, de William Faulkner. No tardé mucho para darme a la tarea de buscar el texto del escritor estadounidense. Si algo queda claro de este texto en la mente de cualquier lector, es lo que dice Addie Bundreu mientras agoniza: Entonces sólo recordaba que mi padre decía, que el sentido de la vida era prepararse para estar muerto mucho tiempo.

Con base en este intertexto, y ateniéndonos a la jactancia de García Márquez a Faulkner, en los cuentos y novelas de Gabo—y es preciso enfatizar que no es un palimpsesto—, lo podemos de pronto discurrir e imaginar a lo largo de su obra literaria. Aunque la muerte no es precisamente una de sus obsesiones menos ofuscadas pero sí alucinadas; en el texto La tercera resignación el protagonista piensa: ¡Qué bien se acostumbraría a su nueva vida de muerto! Entiendo que aquí merodeamos a la nada ofuscada idea de Faulkner.

Si bien en el texto El ahogado más hermoso del mundo: Esteban Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo. No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. Y como en El mar del tiempo perdido la esposa del viejo Jacob predice su muerte; advirtamos con obvia razón, algunos otros mitemas sobre la muerte y, donde los huesos —como una filiación para sus descendientes— son necesariamente los elementos analógicos a la defunción.

En el texto La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, inexcusablemente la abuela y Eréndira trasladan los huesos de los Amadises padre e hijo en un baúl  “en la impunidad del desierto”. En esta clase de mitemas, también encaja Rebeca cuando llega a Macondo en Cien años de soledad con los huesos de sus padres. Si bien en la novela El amor en los tiempos del cólera, Fermina Daza dice: la gente que uno quiere debería morirse con todas sus cosas; cuando ella expulsa a su hija de su residencia y para certificar o legitimar la sensatez de su amenaza, invoca “los restos de mi madre”. Aquí el mitema es templado en el sentido de que la vaina va en serio. Esto mismo (que la vaina va en serio), lo podemos vislumbrar Cien años de soledad: Úrsula amenaza a su marido con convertirse en el primer muerto debajo de la tierra para que los hombres no se vayan de Macondo —una vez más, en este arbitraje, se equipara con el pensamiento de Faulkner—.

En el cuento La otra costilla de la muerte el protagonista siente miedo de la aparición de su hermano recién muerto —mitema este de los espectros bastante prolijo en obra garciamarquiana—. Tenía la impresión, la certidumbre física de que alguien había entrado mientras él dormía. Sin embargo estaba solo. Analicemos dos ejemplos más en este sentido espectral: En La tercera resignación podemos leer y repasar: Estaba en su ataúd, listo a ser enterrado, y sin embargo, él sabía que no estaba muerto. Que si hubiera tratado de levantarse lo hubiera hecho con toda facilidad. Al menos “espiritualmente”. Pero no valía la pena. Era mejor dejarse morir allí; morirse de muerte que era su enfermedad. En el cuento La viuda de Montiel (llevado también al cine y dirigido por el cineasta chileno Miguel Littin) encontramos otro bien interesante:
... se quedó dormida con la cabeza doblada. La mano con el rosario rodó por su costado, y entonces vio a la Mamá Grande en el patio con una sábana blanca y un peine en el regazo, destripando piojos con los pulgares. Le preguntó:
— ¿Cuándo me voy a morir?
La Mamá Grande levantó la cabeza.
—Cuando te empiece el cansancio del brazo.

Resulta obvio —si nos atenemos a la fábula—, que en la interpretación mitoanálitica en Del amor y otros demonios, pueden resultar y trascender más mitemas que en cualquier otro texto de García Márquez sobre la muerte. Pero uno de los mitemas que más me magnetiza, diferenciándose de los demás por su signo mágico, lo tropezamos en El amor en los tiempos del cólera: El Ángel de la muerte flotó un instante en la penumbra fresca de la oficina, y volvió a salir por la ventana dejando a su paso un reguero de plumas, pero el niño no las vio. El Ángel de la muerte, en su semema más amplio posiblemente (y digo posiblemente), es la poderosa metáfora que podemos medir como El Ángel exterminador (parafraseando el filme del cineasta Luis Buñuel rodado en el año de 1962). El Ángel de la muerte puede compararse con el también llamado ángel del abismo (Apocalipsis, 9:11)

En este argumento, las disquisiciones y comparaciones también nos remiten y evocan a Un señor muy viejo con unas alas enormes: Perpetuemos: Fue así como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy buen juicio que era un náufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error.
—Es un ángel —les dijo—. Seguro que venía por el niño, pero el pobre está tan viejo que lo ha tumbado la lluvia.

Si se me permite y como señala Danièle Chauvin, que la intertextualidad es incluso en muchos casos uno de los procesos fundamentales para la edificación, es decir, para la perennidad del mito; Gabo como cualquier mortal nunca quiso morir, y como alguna vez sentenció a una periodista en una entrevista: (En todo caso)…ver vivo “del otro lado” a través de una rendija. Esta expresión de alguna manera la identificamos y asemejamos en el texto Eva está dentro de su gato —…saber de ese otro universo físico que se movía fuera de su mundo—. Además en la preexistencia de sus personajes: los hace caminar entre los vivos —que les ven y les hablan—. Una añoranza desde el punto de vista de la subjetividad, es en el caso de José Arcadio ya muerto que, flotando en el agua de la alberca, sigue sintiendo nostalgia por Amaranta.

Queda pues apacible que la visión onírica de Gabo —a través de los interlocutores en todos sus textos— es el lugar elegido para encontrarse con los espíritus de los muertos que interfieren en la vida de los vivos. Un misterio de búsqueda permanente sobre la realidad sin tratar de resolver sigilos y arcanos.


Visite: www.elcinesinirmaslejos.com