Ver este película de Spielberg es regresar a su filme “Encuentros
cercanos del tercer tipo” y con esta frase estaría diciendo todo respecto a su
reciente cinta. Todas las obsesiones del director se hallan presentes. Y para que quede despejada
su actitud hondamente erudita y candorosamente a favor de los extraterrestres y
sus otros universos, primero fue “Encuentros cercanos del tercer tipo”, luego “ET”,
más tarde “La guerra de los mundos” y, por último, “El día de la revelación”.
La película que hace la número 37 de su filmografía se
puede estudiar como una sinopsis bella de su idea del cine en su vertiente más fanática,
adictiva y notoria. Pero más allá de lo indiscutible, solicitud es la disputa por dar o no a
conocer la enorme información amontonada sobre los diferentes encuentros que en
la historia de la humanidad ya han sido señaladas.
El hecho de que en los Estados Unidos se archive numeroso
material clasificado sobre ovnis y figuras extrañas en nuestro planeta tierra,
le brinda a Spielberg esa especie de herramientas para otros mensajes y otros asuntos,
como la de si estamos preparados como seres humanos para estar al tanto o más
sobre estos argumentos sin advertirlos como una intimidación. Y con estos dos componentes,
la certeza extraterrestre y la utilidad de hacerla pública y global, Spielberg
y su guionista predilecto, David Koepp, han hecho una película buena y muy
spielberiana: modo de concebir el cine, la aventura y el entretenimiento.
La puesta en escena del filme está absolutamente marcada
por esa intención de desapego emocional. Todo
lo observado y sus corolarios persisten
ceñidos dentro del entorno de la gramática que Spielberg utiliza para
describirlos. Esto ayuda a concebir el lugar desde el que el cineasta mira
tanto a sus personajes como el universo que retrata.
