Para los seguidores de Jackson, lo primero sería formular
que el impacto de la imagen, en todo caso, se compensa con lo dibujado por los protagonistas
(con un punto de vista nada subjetivo), algo que sería coherente con esa condición
de seres humanos, y sin que haya “distancia” alguna con al espectador, y sin
asideros narrativos en conexiones metafóricas, mentales o históricas.
Entonces, la cinta (dirigida por Antoine Fuqua) persigue
una cronología del personaje Michael (caracterizado por Jaafar Jackson), y para
impedir laberinto alguno de incidentes, ajusta en efecto la acción a un mismo
escenario (en este caso los sets para las propuestas musicales), y trasladando
por él a su (o sus) personajes sin que sean ajenos a una acción concreta. Es
decir, observamos esbozos de las vidas de la familia Jackson (padre abusivo) y
de Michael, sin que salgan nunca de esa rutina casi que inmutable, y sin “anclarse”
ciertamente en algún lugar explícito. Esto lo logra Fuqua y en particular su
director de fotografía Dion Beebe, atesorando la cámara con muchos emplazamientos
de la cámara en la puesta en escena (un acierto del relato).
Sin el cambio de la anterior perspectiva, con todo, nada
resulta intrascendente, pues en estos casos de películas autobiográficas —por
decirlo de alguna manera—, restablece al espectador su visión habitual de sus
referentes, sin que en su interioridad haya condicionado un sentido dramático.
Pues bien, en “Michael” tenemos una llamativa y lograda reflexión
de lo anterior y desde el principio del metraje. Una premisa tan enorme que dota de ingredientes
suficientes al conjunto del metraje, sin que este tenga siempre un conflicto profundo
y una tensión latente, de tal manera que, escenas a priori cotidianas del niño
y adolescente Michael Jackson nos cuentan también lo que ocurre el seno de una
familia norteamericana y que podría acontecer en cualquier otra.
